Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Tras dos horas de duro viaje empezó a clarear un poco; no había sido una noche oscura del todo, pero empezó a ascender la luna. Así que, en resumen, la noche era más clara de lo que hubiéramos deseado. Hacia las seis de la mañana siguiente habíamos recorrido casi cuarenta millas, aunque la verdad es que casi destrozamos a los caballos. Allí encontramos un pueblo ruso llamado Kermazinskoy, donde pudimos descansar y no supimos nada de los tártaros calmucos en todo el día. Un par de horas antes de anochecer volvimos a salir y viajamos hasta las ocho de la mañana, aunque no tan deprisa como antes; hacia las siete cruzamos un pequeño río, llamado Kirtza, y llegamos a una ciudad grande habitada por rusos, y muy poblada, llamada Urdona. Allí llegó a nuestros oídos que algunas tropas, u hordas, de calmucos habían salido al desierto, mas estábamos ya por completo fuera de peligro, para nuestra gran satisfacción, como puede darse por hecho. Allí nos vimos obligados a conseguir caballos de refresco y, como necesitábamos descansar, nos quedamos cinco días; mi socio y yo acordamos dar al honesto siberiano que nos había llevado hasta allí el valor de diez pistolas por guiarnos.





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