Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Así, costeando de una isla a otra, unas veces con el barco y otras con la chalupa de los franceses (que nos había parecido muy práctica como bote auxiliar y por eso nos la habíamos quedado, contando con la buena voluntad de aquellos hombres), al fin llegué a la costa sur de mi isla y enseguida reconocí la apariencia del lugar: hice anclar el barco en perpendicular al arroyo que quedaba junto a mi antigua residencia.

En cuanto vi el lugar llamé a Viernes y le pregunté si sabía dónde estaba. Él oteó un poco y enseguida se puso a dar palmas y gritó: «¡Oh, sí, allí. Oh, sí, allí!», señalando nuestra antigua residencia. Luego se puso a bailar y dar saltos como un loco: mucho me costó impedir que saltara al agua para ganar la orilla a nado.

«Bueno, Viernes —le dije—, ¿crees que encontraremos a alguien allí, o no? Y qué te parece, ¿veremos a tu padre?». El hombre se quedó mudo como una piedra un buen rato. Mas cuando nombré a su padre, la pobre criatura amorosa pareció desanimarse y vi que le caían abundantes lágrimas por la cara. «¿Qué ocurre, Viernes? —pregunté—. ¿Estás inquieto porque puedes ver a tu padre?».



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