Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe En cuanto Viernes me dijo que había visto gente, mandé desplegar el estandarte inglés y disparé tres cañonazos para advertirles de que éramos amigos; al cabo de un cuarto de hora vimos que se alzaba un poco de humo desde una orilla del riachuelo; entonces ordené de inmediato que bajaran un bote en el que iríamos Viernes y yo. Ondeando una bandera blanca, o de alto el fuego, me fui directo hasta la orilla y me llevé al cura joven que ya he mencionado antes, a quien había contado toda la historia de que había vivido allí y de cómo había acontecido todo, con todos los detalles sobre mí mismo y sobre la gente que allí dejé. A consecuencia de esas historias, él tenía un gran deseo de ir conmigo. Llevábamos con nosotros a unos dieciséis hombres bien armados por si encontrábamos nuevos inquilinos de cuya existencia no tuviéramos noticia, pero no nos hicieron falta las armas.