Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Como llegamos a la orilla con la marea casi en su ciclo más alto, entramos en el riachuelo directamente remando. El primer hombre al que eché el ojo fue el español cuya vida salvé antaño y a quien reconocí perfectamente por su rostro: cuanto concierne a su vestimenta ya lo contaré más adelante. Ordené que al principio no desembarcara nadie más que yo, pero no hubo manera de mantener a Viernes en el bote: la amorosa criatura había distinguido a su padre desde la distancia, bastante separado de los españoles, donde yo no había sido capaz de verlo; si le hubieran impedido bajar a la orilla, habría saltado al mar. En cuanto pisó la orilla salió volando hacia su padre como la flecha lanzada por un arco. Cualquier hombre habría derramado unas cuantas lágrimas por mucho que se esforzara en contenerlas al ver los primeros arrebatos de alegría de aquel hombre al llegar junto a su padre: cómo lo abrazaba, lo besaba, le acariciaba la cara, lo tomaba en sus brazos para instalarlo junto a un árbol y tumbarse a su lado; luego se levantó y lo miró como miraría cualquiera un extraño retrato durante un cuarto de hora seguido. Después se tiró al suelo y le acarició las piernas y se las besó y entonces se levantó de nuevo y se lo quedó mirando: cualquiera hubiera pensado que estaba hechizado, pero hasta un perro hubiese reído al ver cómo al día siguiente la pasión le dio por otro lado: por la mañana se puso a caminar por la playa arriba y abajo con su padre durante varias horas, llevándolo siempre de la mano como si fuera una damisela, y de vez en cuando acudía hasta el bote a buscar algo para él, ya fuera un terrón de azúcar, un trago, una galleta o cualquier otra cosa buena. Por la tarde le entró un jugueteo distinto, pues instaló al anciano en el suelo y se puso a bailotear en torno a él y adoptó un millar de posturas y gestos extravagantes; y mientras tanto, en todo momento le hablaba y le contaba una historia tras otra sobre sus viajes y sobre lo que le había ocurrido por ahí, para entretenerlo. En pocas palabras, si el mismo amor filial se diera entre los cristianos hacia sus padres en nuestras partes del mundo, cabría la tentación de decir que el quinto mandamiento apenas sería necesario.