Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Mas estoy en plena digresión. Vuelvo a mi desembarco. Si diera aquí noticia de todas las ceremonias y cortesías con que me recibieron los españoles, no terminaría nunca. El primero de ellos, a quien, como ya he dicho, reconocí enseguida, era aquel cuya vida había salvado: se acercó al bote acompañado de otro hombre y llevando también una bandera blanca. No sólo no me reconoció al principio, sino que no tuvo idea ni noción de que pudiera ser yo quien llegaba hasta que me dirigí a él: «Seignior —le dije en portugués—, ¿no me conocéis?». No dijo entonces ni palabra, mas entregó el mosquete al hombre que iba con él, abrió los brazos y, diciendo en español algo que no oí del todo, se adelantó, me dio un abrazo y me dijo que no tenía perdón por no haber reconocido aquella cara que había visto antaño en una ocasión como si perteneciera a un ángel enviado por el cielo para salvar su vida. Dijo abundantes lindezas, como siempre saben hacer los españoles de buena crianza; luego, llamando por gestos a la persona que lo acompañaba, le pidió que fuera a convocar a sus camaradas. Entonces me preguntó si quería ir andando hasta mi antigua residencia, donde me haría tomar posesión de mi vieja casa otra vez y donde podría ver que se habían producido grandes mejoras. Así que caminé con él pero, ay, no fui capaz de encontrar la casa, como si jamás hubiera estado allí, porque habían plantado tantos árboles y los habían colocado de tal manera, tan juntos y con tanto espesor, y en diez años habían crecido tanto que, en pocas palabras, el lugar era inaccesible salvo por una serie de recovecos y caminos a tientas que sólo podía encontrar quien los había trazado.