Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

Nuevas aventuras de Robinson Crusoe

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Cuando los españoles llegaron a la orilla, el asunto empezó a avanzar. Los españoles quisieron convencer a los tres brutos ingleses para que acogieran de nuevo a sus dos compatriotas y les decían que debían vivir como una sola familia. Pero aquellos no querían saber nada, así que los dos pobres desgraciados vivieron solos y, al comprender que sólo podrían acomodarse con trabajo y dedicación, instalaron sus tiendas en la costa norte de la isla, pero algo más al oeste para librarse del peligro de los salvajes, que siempre desembarcaban en el lado este.

Allí construyeron dos chozas, una para alojarse en ella y la otra para acoger sus provisiones. Como los españoles les habían dado algo de cereal para que lo usaran como semilla y, sobre todo, también parte de los guisantes que yo les había dejado, cavaron y plantaron y cercaron según el patrón que yo había descrito para todos y empezaron a vivir bastante bien. Llegó su primera cosecha y, aunque se trataba tan sólo de un pequeño trozo de tierra que habían cavado al principio, sin tener apenas tiempo, produjo lo suficiente para aliviarlos y darles la posibilidad de hacer pan y otros comestibles; como uno de ellos había sido el ayudante del cocinero del barco, se le daba muy bien hacer sopa, postres y otros preparados como el arroz y la leche, así como la poca carne que pudieran conseguir.


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