Nuevas aventuras de Robinson Crusoe
Nuevas aventuras de Robinson Crusoe Habían conseguido una cierta prosperidad cuando los tres villanos desnaturalizados, que encima eran compatriotas suyos, de pura broma y por ofenderlos, fueron a acosarlos y les dijeron que la isla era suya; que el gobernador, refiriéndose a mí, les había dado posesión de la misma y que nadie más tenía ningún derecho sobre ella. También, los muy malditos, que no podían construir ninguna casa en sus dominios si no les pagaban una renta.
Al principio los dos hombres creyeron que se trataba de una chanza y contestaron que fueran y se sentaran y vieran las bellas casas que habían construido y les confirmaran qué renta exigían; uno de ellos les dijo alegremente que, si eran propietarios del suelo, confiaba en que por construir viviendas en el solar y hacer mejoras les concederían, como es costumbre entre propietarios, un alquiler de larga duración: hasta les pidió que fueran a buscar un escribano para redactar los acuerdos. Uno de los tres, preso de la ira y maldiciendo, les advirtió que verían que no iba en broma: se alejó un poco hasta el lugar en que los dos hombres honestos habían encendido un fuego para cocinar sus víveres, cogió un tizón y lo pegó al exterior de la choza, que enseguida empezó a arder; se hubiera quemado entera en pocos minutos si no llega a ser porque uno de los dos corrió hacia aquel hombre, lo apartó de un empujón y apagó el fuego a pisotones, no sin cierta dificultad.