Robinson Crusoe

Robinson Crusoe

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Me vi obligado a volver a la cueva, aunque lleno de temor porque me parecía que iba a desplomarse sobre mí. La lluvia era tan violenta que para evitar que la acumulación del agua dentro de mi fortificación concluyera por inundar la cueva, tuve que hacer un agujero en la muralla como vía de escape. Me quedé allí cobrando más coraje a medida que pasaba el tiempo y los temblores no se repetían. Buscando reanimar mis ánimos, que por cierto lo necesitaban mucho, fui a mi pequeño almacén y bebí un poco de ron, cosa que hacía siempre con mucha prudencia, sabedor de que no podría reemplazarlo cuando se concluyera.

Llovió toda esa noche y gran parte del día siguiente, de modo que no pude salir, pero sintiéndome ya repuesto medité lo que me convendría hacer, llegando a la conclusión de que si la isla estaba sujeta a tales terremotos no me convenía vivir en una caverna; era mejor levantar mi choza en un sitio abierto que circundaría con una empalizada como lo hiciera aquí, para asegurarme contra bestias o seres humanos; porque si osaba quedarme en la cueva terminaría por morir enterrado vivo.

Me resolví, pues, a mover mi tienda del sitio en que estaba, justamente debajo de la escarpada ladera de la colina, ya que indudablemente sería sepultado al producirse un nuevo terremoto. Pasé los días siguientes —19 y 20 de abril— en estudiar dónde y cómo mudaría mi habitación.


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