Casa desolada

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—Ay, sí que me lo ha cambiado, cariño —dijo él, riéndose—. Ha hecho que el viento del Mediodía sople de Levante. No podría decirte con cuánta frecuencia. Rick no se fía, y sospecha de mí: va a ver abogados, que le enseñan a desconfiar y sospechar de mí. Oye decir que tengo intereses conflictivos con los suyos, que mis aspiraciones están en conflicto con las suyas, y lo que quieras. Mientras que el Cielo sabe que si yo pudiera escapar a las montañas de peluconeo en las que por desgracia lleva tanto tiempo enterrado mi apellido (cosa que no puedo hacer), o si pudiera eliminarlas mediante la extinción de mi propio derecho inicial (cosa que tampoco puedo hacer, y creo que no hay poder humano que pueda hacer, hasta tal punto hemos llegado), lo haría inmediatamente. Preferiría que Rick recuperase su carácter verdadero antes que gozar de todo el dinero que los pleiteantes muertos, destrozados en cuerpos y almas en la rueda de la Cancillería, han dejado sin reclamar ante el Contable General, y te aseguro, querida mía, que ese dinero bastaría para erigir una pirámide en memoria de la perversidad transcendental de la Cancillería.

—¿Es posible, Tutor, que Richard pueda tener sospechas de usted? —pregunté, sorprendida.



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