Casa desolada

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—Pero, mi querido Tutor, ¿no podemos esperar que un poco de experiencia le demuestre lo malo que es todo eso?

—Podemos esperarlo, Esther mía —dijo el señor Jarndyce—, y que esa experiencia no le llegue demasiado tarde. En todo caso, no debemos ser demasiado duros con él. Ahora mismo no hay demasiados hombres mayores y maduros que, si se vieran metidos en ese mismo Tribunal con otros pleiteantes, no se verían cambiados vitalmente y depreciados al cabo de tres años…, de dos…, de uno. ¿Cómo puede sorprendernos lo que le ocurre al pobre Rick? Un joven tan infortunado —y aquí bajó el tono de la voz, como si estuviera pensando en voz alta— que al principio no puede creer (y, ¿quién podría creerlo?) que la Cancillería es lo que es. Espera de ella, febril y esporádicamente, que haga algo por sus intereses y resuelva sus problemas. Ella le da largas, lo desilusiona, lo somete a pruebas y torturas; va limando sus esperanzas y su paciencia optimistas, gota a gota; pero él sigue esperando que ella haga algo, lo ansía y se encuentra con que todo su mundo es traicionero y huero. ¡Bien, bien, bien! ¡Basta ya de estas cosas, cariño mío!




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