Casa desolada
Casa desolada Durante todo aquel tiempo me habÃa tenido apoyada contra sÃ, y su ternura me resultaba algo tan precioso que apoyé la cabeza en su hombro y lo amé como si hubiera sido mi padre. No sé cómo, en aquel momento decidà en mi fuero interno ir a ver a Richard cuando me sintiera más fuerte para aclararle la realidad de las cosas.
—Hay temas mejores que ése —dijo mi Tutor para un momento tan feliz como el de la recuperación de nuestra querida muchachita. Y se me ha encargado que abordara uno de ellos en cuanto pudiera iniciar una conversación. ¿Cuándo puede Ada venir a verte, hija mÃa?
También yo habÃa estado pensando en aquello. Un poco en relación con los espejos desaparecidos, pero no demasiado, pues sabÃa que mi niñita no cambiarÃa porque mi cara hubiera cambiado.
—Querido Tutor —dije—, como hace tanto tiempo que se lo tengo prohibido, aunque la verdad es que para mà es como la luz del dÃa…
—Lo sé muy bien, señora Durden, muy bien.
Era tan bueno, su contacto expresaba una compasión y un afecto tan entrañables, y el tono de su voz me confortaba de tal modo el corazón, que me detuve un momento, porque no podÃa seguir. Me dijo:
—Ya sé, ya sé, estás cansada. Descansa un rato.