Casa desolada

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Y mi Tutor me puso en la mano una carta, que no comenzaba normalmente diciendo «Querido Jarndyce», sino que se lanzaba directamente a decir: «Juro que si la señorita Summerson no viene a tomar posesión de mi casa, que dejo vacía para ella en el día de hoy a la una de la tarde», y después con toda seriedad y en los términos más enfáticos pasaba a hacer la extraordinaria declaración que había citado mi Tutor. No por reírnos por su contenido apreciamos menos al autor, y decidimos que al día siguiente le enviaría yo una carta de agradecimiento y aceptación de su oferta. A mí me parecía muy agradable, porque de todos los sitios que se me podían ocurrir, a ninguna me apetecía tanto ir como a Chesney Wold.

—Y ahora, mujercita —dijo mi Tutor mirando al reloj—, antes de subir aquí me dieron una hora fija, porque no tienes que cansarte demasiado, y he agotado mi tiempo hasta el último minuto. Me queda una última petición: la pobre señorita Flite, al oír el rumor de que estabas enferma, se ha venido sin más, a pie (20 millas, pobrecilla, con un par de zapatillas de baile), a ver cómo estabas. Gracias a Dios estábamos en casa, porque si no se hubiera vuelto a pie.

¡La conspiración de siempre para hacerme feliz! ¡Parecía que todo el mundo estuviera implicado en ella!


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