Casa desolada

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Entonces, cuando por fin me encontré a salvo, pensé: «¡Qué tontería has hecho!». Porque me había acalorado y había empeorado las cosas, en lugar de mejorarlas.

Por fin, cuando yo creía que todavía faltaba más de un cuarto de hora, Charley me gritó de repente, mientras me hallaba temblando en el jardín:

—¡Ya llega, señorita! ¡Ya llega!

No quería hacerlo, pero subí corriendo a mi habitación y me escondí detrás de la puerta. Me quedé allí temblando, incluso oí que mi niña me llamaba al subir:

—Esther, querida mía, cariño mío, ¿dónde estás? ¡Mujercita, mi querida señora Durden!

Entró corriendo y se iba a marchar corriendo otra vez cuando me vio. ¡Ay, ángel mío! Me miró como siempre, todo cariño, todo afecto, todo amor. No vi nada más en sus ojos… ¡no, nada, nada!

Qué feliz me sentí, allí, tirada en el suelo, con mi bello ángel también en el suelo, sosteniendo mi cara picada junto a su encantadora mejilla, bañándola con lágrimas y besos, acunándome como a un niño, diciéndome los nombres más tiernos que se le ocurrían, y estrechándome contra su fiel corazón.


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