Casa desolada

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CAPÍTULO XXXVII

JARNDYCE Y JARNDYCE

Si el secreto que se me había confiado hubiera sido mío se lo habría comunicado a Ada al cabo de poco rato. Pero no lo era, y creí que no tenía derecho a revelarlo, ni siquiera a mi Tutor, salvo en caso de gran emergencia. Era una carga que tenía que soportar sola, pero de momento mi deber aparecía bien claro y, feliz con el cariño de mi ángel, no me faltaban impulsos ni alientos para cumplir con él. Aunque muchas veces, cuando ella ya se había dormido y todo estaba en silencio, el recuerdo de mi madre me mantenía despierta y llenaba de pena mis noches, no volví a dejarme abatir por segunda vez, y Ada me encontró igual que antes, salvo, naturalmente, en ese particular del que ya he dicho bastante, y que no tengo el propósito de volver a mencionar más, si puedo evitarlo.







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