Casa desolada

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La idea de los aprendices me seguía pareciendo tan rara, que pregunté a Caddy si eran muchos.

—Cuatro —dijo Caddy—. Uno interno y tres externos. Son unos niños muy buenos, sólo que cuando se juntan, se empeñan en ponerse a jugar, como niños que son, en lugar de dedicarse a su trabajo. Así que ahora el muchachito que acabas de ver valsea a solas en la cocina, y a los otros los repartimos por la casa como podemos.

—Sólo para aprender los pasos, ¿no? —pregunté.

—Sólo los pasos —me aclaró Caddy—. Así practican un número determinado de horas seguidas, sean los que sean los pasos que les tocan. Bailan en la academia, y en esta época del año hacemos Figuras todas las mañanas a las cinco.

—¡Qué vida más laboriosa! —exclamé.

—Te aseguro, querida mía —me dijo Caddy, con una sonrisa—, que cuando nos llaman por la mañana los aprendices externos (el timbre suena en nuestro cuarto, para no molestar al señor Turveydrop padre), y cuando subo las persianas y los veo en la puerta, con sus zapatillas bajo el brazo, hay veces que me recuerdan a los deshollinadores.


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