Casa desolada

Casa desolada

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Mientras suben, el señor Guppy levanta las cejas con un gesto inquisitivo y mira a Tony. Tony niega con la cabeza. Encuentran la vieja habitación triste y lúgubre, con las cenizas del fuego que ardía aquella memorable noche todavía en la chimenea descolorida. No sienten inclinación alguna a tocar nada, y al principio quitan el polvo de cada objeto con un soplido. Tampoco sienten deseos de prolongar su visita y envuelven todas las cosas transportables a toda velocidad, sin hablar nunca más que en susurros.

—Mira —dice Tony, dando un paso atrás—, ¡aquí vuelve esa gata asquerosa!

El señor Guppy se atrinchera tras una silla.

—Ya me ha hablado Small de ella. Aquella noche salió a saltos y arañándolo todo, como un dragón, y se salió al tejado y se pasó quince días por los tejados, y luego volvió a meterse por la chimenea, porque había adelgazado mucho. ¿Has visto cosa igual? Es como si lo supiera todo, ¿no? Es casi como si fuera Krook. ¡Zape! ¡Largo, demonio!

Lady Jane se queda en la puerta con su mueca de tigre que le va de oreja a oreja, y su cola cortada, y no da muestras de obedecer, pero cuando el señor Tulkinghorn tropieza con ella, la gata le escupe a los pantalones descoloridos y con un maullido de ira sigue subiendo con el lomo arqueado. Posiblemente vaya otra vez al tejado, para volver a bajar por la chimenea.


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