Casa desolada

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—Señor Guppy —dice el señor Tulkinghorn—, ¿puedo decirle una palabra?

El señor Guppy está ocupado en recoger la Galería de la Galaxia de las Bellezas Británicas de la pared y en depositar esas obras de arte en su vieja e indigna sombrerera.

—Caballero —responde, ruborizándose—, deseo actuar cortésmente con todos los miembros de la profesión, y en especial, naturalmente, con un miembro de ella tan conocido como usted, y si me permite añadirlo, señor mío, tan distinguido como usted. Pero, señor Tulkinghorn, debo estipular que si desea usted decirme algo, ese algo ha de decirse en presencia de mi amigo.

—¿Ah, sí? —comenta el señor Tulkinghorn.

—Sí, señor. Mis motivos no son en absoluto personales, pero para mí son más que suficientes.

—Sin duda, sin duda —el señor Tulkinghorn sigue tan imperturbable como la piedra de la chimenea a la que dirige sus palabras—. La cuestión no es de tanta importancia como para que necesite molestar a usted con la imposición de condiciones, señor Guppy. —Hace una pausa para sonreír, y su sonrisa es tan lúgubre y tan oxidada como sus calzones cortos—. He de felicitarlo, señor Guppy; es usted un joven afortunado, señor mío.

—Bastante, señor Tulkinghorn; no me quejo.


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