Casa desolada
Casa desolada —¿Quejarse? ¡Amistades en las altas esferas, ingreso en las grandes casas y acceso a damas elegantes! Le aseguro, señor Guppy, que hay gente en Londres que se darÃa con un canto en los dientes por estar en su posición.
El señor Guppy parece dispuesto a darse con lo que sea en la cara, cada vez más sonrojada, por hallarse él en la posición de esa gente, en lugar de donde está, y replica:
—Señor mÃo, mientras realice mi trabajo y atienda a los asuntos de Kenge y Carboy, a nadie le importa quiénes sean mis amigos y conocidos, ni a ningún miembro de la profesión tampoco, y eso incluye al señor Tulkinghorn, de los Fields. No tengo ninguna obligación de dar más explicaciones, y con todo el respeto debido a usted y sin ánimo de ofender… repito: sin animo de ofender…
—¡Naturalmente!
—… no me propongo darlas.
—Exactamente —dice el señor Tulkinghorn con un gesto calmoso—. Muy bien. Veo por esos retratos que se interesa usted mucho por el gran mundo.
Estas palabras las dirige al asombrado Tony, que reconoce esa pequeña debilidad.