Casa desolada

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Sentí como si él tuviera más compasión de mí de la que jamás había tenido yo misma. Aquello me imbuyó de más fortaleza y de una nueva calma, al ver que era yo quien se hallaba en la necesidad de darle seguridad. Le hablé de sus viajes de ida y de vuelta, y de sus planes futuros, y de su probable regreso a la India. Dijo que aquello era muy dudoso. No se había considerado más favorecido por la fortuna allí que aquí. Se había ido como un humilde médico de barco y había vuelto igual que se había ido. Mientras hablábamos, y yo me sentía contenta de haber aliviado (si puedo utilizar ese término) la impresión que había tenido al verme, entró Richard. Se había enterado abajo de quién estaba conmigo, Y ambos se saludaron con auténtica cordialidad.

Advertí, cuando terminaron los primeros saludos y hablaron de la carrera de Richard, que el señor Woodcourt comprendía que las cosas no iban bien. Lo miraba a menudo a la cara, como si viese en ella algo que le causaba dolor, y más de una vez se volvió a mirarme, como si tratase de averiguar si yo sabía cuál era la verdad. Pero Richard estaba en uno de sus momentos optimistas y de buen humor, y muy contento de volver a ver al señor Woodcourt, que siempre le había agradado.



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