Casa desolada

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Richard propuso que nos fuéramos todos juntos a Londres, pero como el señor Woodcourt tenía que quedarse algún tiempo más con su barco, no podía sumársenos. Sin embargo, cenó temprano con nosotros, y volvió tan pronto a recuperar su comportamiento habitual, que yo me sentí mucho más tranquila al pensar que había logrado aliviar su pena. Pero él no dejaba de preocuparse por Richard. Cuando la diligencia estaba casi lista y Richard bajó corriendo a ver su equipaje, me habló de él.

Yo no estaba segura de si tenía derecho a contar todo lo que había ocurrido, pero me referí en pocas palabras a su distanciamiento del señor Jarndyce y a cómo se había visto complicado en el malhadado pleito en Cancillería. El señor Woodcourt escuchó interesado y manifestó su pesar.

—He visto que lo observaba usted atentamente —dije—. ¿Cree usted que ha cambiado mucho?

—Ha cambiado —me contestó con un gesto de la cabeza.

Sentí que se me subía la sangre a la cara por primera vez, pero no fue más que una emoción momentánea. Volví la cabeza a un lado, y todo desapareció.


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