Casa desolada
Casa desolada —No se trata —dijo el señor Woodcourt— de que esté más joven o más viejo, de que esté más delgado o más grueso, más pálido o más tostado, sino de que tiene una expresión muy singular en el rostro. Nunca he visto una expresión tan notable en una persona tan joven. No se puede decir que sea sólo de ansiedad o sólo de preocupación, pues se trata de ambas cosas al mismo tiempo, como una desesperación en agraz.
—¿No creerá usted que está enfermo? —pregunté.
—No. TenÃa un aspecto muy sano.
—Tenemos motivos de sobra para saber que no puede estar muy tranquilo —continué diciendo—. Señor Woodcourt, ¿va usted a Londres?
—Mañana o pasado.
—Lo que más necesita Richard es un amigo. Usted siempre le ha agradado. Le ruego que cuando llegue vaya a verlo. Le ruego que lo ayude a veces con su compañÃa, si puede. No sabe usted el favor que le harÃa. No sabe usted cómo se lo agradecerÃamos Ada, el señor Jarndyce e…, ¡incluso yo, señor Woodcourt!
—Señorita Summerson —me dijo, más conmovido ahora que al principio—, le juro en nombre del Cielo que seré buen amigo suyo. ¡Lo acepto como un mandato, y como un mandato sagrado!