Casa desolada

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—¡Que Dios lo bendiga a usted! —exclamé, mientras se me llenaban los ojos de lágrimas, pero me pareció que no importaba, porque no era por mí misma—. Ada lo quiere… Todos lo queremos, pero Ada lo quiere como no podemos quererlo los demás. Ya le contaré lo que ha dicho usted. ¡Gracias, y que Dios lo bendiga, en nombre de ella!

Richard volvió cuando acabábamos de intercambiar aquellas palabras apresuradas, y me dio el brazo para llevarme al coche.

—Woodcourt —dijo, sin darse cuenta de cuán a propósito venían sus palabras—, tenemos que vernos en Londres.

—¿Vernos? —replicó el otro—. Hoy día apenas si me queda algún amigo allí, salvo usted. ¿Dónde podemos vernos?

—Bueno, ahora tengo que buscar alojamiento —dijo Richard, pensativo—. Digamos en el bufete de Vholes, Symond’s Inn.

—¡Muy bien! Sin falta.

Se dieron un apretón de manos. Cuando me senté en el coche, mientras Richard seguía en pie en la calle, el señor Woodcourt puso una mano, en gesto amistoso, en el hombro de Richard y miró hacia mí. Lo comprendí, e hice un gesto de agradecimiento con la mano.


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