Casa desolada

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Donde más densa es la multitud, más brillantes las luces, donde todos los sentidos se regalan con las mayores delicadezas y refinamientos, allí está Lady Dedlock. Nunca está ausente de las luminosas alturas que ha ido escalando y conquistando. Aunque ha desaparecido la idea que antes tenía ella de sí misma, de que podía reservar todo lo que quisiera bajo su capa de orgullo; aunque no está segura de lo que es para quienes la rodean, ahí seguirá otro día más; no está en su carácter el ceder o inclinarse cuando la están mirando ojos envidiosos. Dicen de ella que en estos últimos tiempos está más bella y más altiva. El primo debilitado dice de ella que «es hermosa como para mil mujeres, ¿sabéis?… pero ¿cómo te lo diría? de un tipo algo alarmante, ¿no?… De hecho le recuerda a uno a… esa mujer tan desagradable… de esa que lo mismo se pone a insultar a todo el mundo… la de, cómo se llama, Shakespeare, ¿no?».

El señor Tulkinghorn no dice nada ni hace un gesto. Ahora, igual que siempre, se lo ve en las puertas de los salones, con su corbatín blanco y blando retorcido en su nudo anticuado, recibiendo los favores de los Pares del Reino, e impasible. De todos los hombres, sigue siendo el último del mundo del que cabría esperar que tuviera alguna influencia sobre Milady. De todas las mujeres del mundo, ella es la última de la que cabría suponer que le tuviera miedo.


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