Casa desolada
Casa desolada Hay algo en lo que ella piensa constantemente desde su última entrevista en la habitación de la torreta de Chesney Wold. Ahora ha decidido desembarazarse de ese peso y está dispuesta a hacerlo.
Es por la mañana en el gran mundo; por la tarde según el sol que va bajando. Los mercurios, agotados de tanto mirar por las ventanas, están reposando en el vestíbulo, y bajan las cabezas; bellas criaturas, como girasoles demasiado maduros. También al igual que ellos lucen muchos dorados en forma de chapas y cordones. En la biblioteca, Sir Leicester se ha dormido por el bien del país, mientras leía el informe de una comisión parlamentaria. Milady está sentada en el aposento en que concedió audiencia al joven llamado Guppy. Con ella está Rosa, que le ha estado escribiendo cartas y leyendo. Ahora Rosa está bordando algo muy bonito, y mientras inclina la cabeza sobre su labor, Milady la contempla en silencio. No es la primera vez hoy que hace lo mismo.
—Rosa.
La bonita cara pueblerina se vuelve iluminada hacia arriba. Después, al ver lo seria que está Milady, hace un gesto de sorpresa y confusión.
—Ve a ver la puerta. ¿Está cerrada?
Sí. Rosa va a ella y vuelve, con expresión todavía más sorprendida.