Casa desolada

Casa desolada

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—Voy a hacerte una confidencia, hija mía, pues sé que puedo confiar en tu lealtad, por no decir tu criterio. Al hacértela no voy a disimular nada. Pero confío en ti. No digas a nadie nada de lo que vas a oír.

La pequeña belleza tímida promete con gran seriedad que merecerá esa confianza.

—¿Sabes? —dice Lady Dedlock, con un gesto para que acerque más la silla—, ¿sabes, Rosa, que contigo soy diferente que con todos los demás?

—Sí, Milady. Mucho más amable. Pero es que muchas veces pienso que yo conozco a Milady tal como es de verdad.

—¿Muchas veces piensas que me conoces tal como soy de verdad? ¡Pobre hija, pobre hija!

Lo dice con una especie de desdén, pero no hacia Rosa, y se queda pensativa, mirándola soñadoramente.

—¿Crees Rosa que eres para mí un alivio y un descanso? ¿Supones que como eres joven y natural y me tienes cariño y gratitud, es para mí un placer tenerte a mi lado?

—No sé, Milady; apenas si puedo esperarlo. Pero es lo que deseo de todo corazón…

—Y así es, pequeña.

La carita guapa se retiene, en su rubor de placer, ante la sombría expresión en la bella cara que tiene ante sí. Busca tímidamente una explicación.


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