Casa desolada

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—Y si fuera a decirte hoy: «¡Vete! ¡Abandóname!», te diría algo que significaría para mí un gran dolor y una gran inquietud, niña, y que me dejaría muy solitaria.

—¡Milady! ¿La he ofendido en algo?

—En nada. Ven aquí.

Rosa se inclina en su taburete a los pies de Milady. Milady, con el mismo toque maternal que en la famosa velada con el metalúrgico, le pone una mano en el pelo oscuro y la mantiene en él suavemente.

—Te he dicho, Rosa, que deseaba tu felicidad, y que si podía hacer feliz a alguien en este mundo, sería a ti. No puedo. Por razones que acabo de conocer, razones que no son culpa tuya en nada, ahora es mucho mejor que no sigas aquí. No debes seguir aquí. He decidido que no sigas. He escrito al padre de tu enamorado y va a venir hoy. Todo ello lo he hecho por ti.

La muchacha, llorosa, le llena la mano de besos y pregunta ¿qué va a hacer, qué va a hacer cuando se separe de ella? Su señora le da un beso en la mejilla y no responde.

—Y ahora, hija mía, sé feliz en circunstancias mejores que éstas. ¡Deja que te quieran y sé feliz!

—Ay, Milady, a veces he pensado, perdóneme por tomarme esta libertad, pero he pensado que Milady no era feliz.

—¡Yo!


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