Casa desolada
Casa desolada —¿Será más feliz cuando me haya ido? Le ruego, le imploro que lo vuelva a pensar. ¡Déjeme quedarme algún tiempo más!
—Ya te he dicho, hija mÃa, que lo que hago lo hago por ti, no por mÃ. Lo que soy para ti, Rosa es lo que soy ahora: no lo que seré dentro de poco. Recuérdalo y no se lo digas a nadie. ¡Recuérdalo, y asà termina todo entre nosotras!
Se aparta de su ingenua compañera y sale del aposento. A media tarde, cuando vuelve a aparecer en la escalera, se halla en su estado más frÃo y altivo. Tan indiferente como si toda pasión, todo sentimiento, todo interés, hubieran desaparecido en los albores de la existencia del mundo y hubieran desaparecido con todos los monstruos del pasado.
Mercurio ha anunciado al señor Rouncewell, que es la causa de su aparición. El señor Rouncewell no está en la biblioteca, pero a la biblioteca es adonde va ella. Allà está Sir Leicester, y quiere hablar primero con él.
—Sir Leicester, querÃa… pero veo que estás ocupado.
—¡No, Dios mÃo! En absoluto. No es más que el señor Tulkinghorn.
Siempre a mano. Se cierne por todas partes. No hay un momento de descanso ni de seguridad con él.