Casa desolada
Casa desolada —El mÃo, sà —dice el señor Bucket—. Mi padre fue primero paje, después lacayo, después mayordomo, después administrador y después hotelero. En vida, todo el mundo lo respetaba, y cuando murió, todos lo lloraron. En su último aliento dijo que el servicio era la parte más honorable de su carrera, y era verdad. Yo tengo en el servicio un hermano y un cuñado. ¿Milady es amable?
—Normal —responde Mercurio.
—¡Ah! —exclama el señor Bucket—. ¿Un poco mimada? ¿Un poco caprichosa? ¡Dios mÃo! ¿Qué se va a esperar de una persona tan hermosa? Y eso es lo que más nos gusta de ellas, ¿no?
Mercurio, con las manos en los bolsillos de su uniforme de diario, del color de la flor del melocotón, estira las piernas simétricas envueltas en seda con el aire de un hombre galante que no puede negarlo. Se oyen unas ruedas y un toque violento de la campanilla.
—Hablando del rey de Roma —dice el señor Bucket—. ¡Aquà está!
Se abren las puertas de golpe y pasa ella por el vestÃbulo. Sigue estando muy pálida, va vestida de medio luto y lleva dos pulseras magnÃficas. Sea la belleza de éstas o la belleza de los brazos de ella, algo parece especialmente atractivo al señor Bucket. La contempla con una mirada penetrante y se acaricia algo en el bolsillo, quizá monedas de a medio penique.