Casa desolada
Casa desolada Al verlo a esta distancia, ella lanza una mirada interrogante al otro Mercurio que la ha traÃdo a casa.
—El señor Bucket, Milady.
El señor Bucket hace una inclinación y se adelanta, pasándose el demonio familiar por la región de la boca.
—¿Está usted esperando a ver a Sir Leicester?
—No, Milady. ¡Ya lo he visto!
—¿Tiene usted algo que decirme?
—Nada por el momento, Milady.
—¿Ha descubierto usted algo nuevo?
—Algo, Milady.
Todo esto mientras ella sigue adelante. Casi ni se para, y sube sola las escaleras. El señor Bucket avanza hasta el pie de la escalera, la contempla mientras asciende los mismos escalones que el anciano descendió camino de la muerte, mientras pasa los grupos de estatuas, repetidas en la pared con las sombras de sus armas, junto al cartel impreso al que echa una mirada al pasar, hasta que desaparece.
La verdad es que es una mujer encantadora —dice el señor Bucket, volviendo junto a Mercurio—. Pero no parece estar muy bien de salud.
—No está muy bien de salud —le informa Mercurio—. Tiene muchos dolores de cabeza.
—¿De verdad? ¡Qué pena! El señor Bucket le recomendarÃa pasear mucho.