Casa desolada

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Hay dos cosas fácilmente perceptibles cuando el señor Bucket llega a su conclusión. La primera es que parece establecer imperceptiblemente un terrible derecho de propiedad sobre Mademoiselle. La segunda es que la misma atmósfera que respira ella parece estrecharse y contraerse en torno a ella, como si en torno a su cuerpo se fuera estrechando una red tupida, o una mortaja.

—No cabe duda de que Milady estuvo en el lugar del crimen en el preciso momento en que se cometía —dice el señor Bucket—, y aquí mi amiga extranjera la vio, según creo, desde el piso de arriba. Milady y George y mi amiga extranjera estuvieron muy cerca los unos de los otros. Pero eso ya no tiene importancia, de manera que no voy a seguir con ello. Encontré el taco de la pistola que sirvió para asesinar al difunto señor Tulkinghorn. El papel era un trozo de la descripción impresa de su casa de Chesney Wold. Dirá usted, Sir Leicester Dedlock, Baronet, que eso no significa mucho. No. Pero cuando aquí mi amiga extranjera está completamente desprevenida como para creer que ya puede hacer pedazos el resto de esa hoja, y cuando la señora Bucket reconstruye las piezas y resulta que falta el trozo exacto, parece que está todo bien claro.

—Son muy largas mentiras —interviene Mademoiselle—. Supone usted mucho. ¿Es que ya ha acabado o es que va a hablar siempre?


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