Casa desolada
Casa desolada ¡Ya! Todo se ha derrumbado. Su nombre corre por todas esas bocas, su marido conoce sus culpas, su vergüenza será pública (quizá lo sea ya mientras ella lo piensa), y además del desastre previsto por ella desde hace tanto tiempo, está denunciada por un acusador invisible como asesina de su enemigo.
Era su enemigo, y ella le ha deseado la muerte muchas, muchísimas veces. Sigue siendo su enemigo incluso en la tumba. Este terrible acusación cae sobre ella como un nuevo tormento que le inflige su mano sin vida. Y cuando recuerda cómo llegó ella en secreto a su puerta aquella noche, y cómo es posible que se interprete el que haya despedido a su doncella favorita, muy poco antes, meramente para que no la pudiera observar, se pone a temblar como si ya tuviera al cuello las manos del verdugo.
Se ha tirado al suelo y yace con el pelo desordenado en torno a la cabeza, con la cara hundida en los cojines del sofá. Se levanta, anda de un lado para otro, vuelve a dejarse caer, tiembla y gime. El horror que experimenta es inexpresable. Si realmente fuera la asesina, no podría ser más intenso en estos momentos.