Casa desolada
Casa desolada Pero sabe que no puede haber ninguna esperanza al respecto y vuelve a bajar la cabeza sin esperar respuesta. Su viejo conocido, como él mismo dijo hace unas horas, George Rouncewell, lo levanta para que vaya estando más cómodo a lo largo del resto de esa noche vacía de invierno y, como también conoce los deseos que no ha expresado, apaga la luz y vuelve a abrir las cortinas cuando amanece. El día llega como un fantasma. Frío, sin color y vago, envía por delante de sí un rayo de advertencia de color mortal, como si exclamara: «¡Mirad lo que os traigo a quienes miráis desde ahí! ¿Quién se lo va a decir?».