Casa desolada
Casa desolada LA NARRACIÓN DE ESTHER
Eran las tres de la mañana cuando por fin los edificios de Londres sustituyeron al campo y empezaron a formar calles. Habíamos ido avanzando por caminos que se hallaban en estado mucho peor que cuando los habíamos cruzado de día, pues desde entonces o había estado nevando o se había producido el deshielo; pero la energía de mi acompañante no disminuía. Me pareció que era lo único, aparte de los caballos, que nos había permitido continuar, y a menudo había ayudado a los mismos caballos. Éstos se habían detenido agotados a mitad de varias cuestas, se les había hecho cruzar corrientes de aguas turbulentas, se habían resbalado y se habían enredado en los arneses, pero él siempre había estado dispuesto con su linternita, y una vez arreglada la situación, siempre decía, imperturbable, lo mismo: «¡Adelante, muchachos!».
Yo no podía explicarme la firmeza y la confianza con que había organizado nuestro viaje de regreso. Sin titubear un momento, no se detuvo ni siquiera a hacer una pregunta hasta que nos hallábamos a pocas millas de Londres. Ahora le bastaba con unas pocas palabras acá o allá, y así llegamos, entre las tres y las cuatro de la mañana, a Islington.