Casa desolada
Casa desolada No voy a detenerme en la angustia y la ansiedad con que estuve reflexionando, durante todo este tiempo, que a cada minuto dejábamos a mi madre cada vez más atrás. Creo que abrigaba una firme esperanza de que él tuviera razón, y sin duda tenÃa un objetivo decidido de seguir a aquella mujer; pero me atormentaba al ponerlo yo misma en tela de juicio y debatirlo a lo largo de todo el viaje. Otras preguntas que tampoco podÃa dejarme de hacer eran las de qué ocurrirÃa cuando la encontrásemos y qué nos podrÃa compensar por esta pérdida de tiempo; me sentÃa horriblemente torturada por largas reflexiones a estos respectos cuando por fin nos detuvimos. Nos paramos en una calle principal en la que habÃa una posta. Mi acompañante pagó a nuestros dos postillones, que estaban tan completamente cubiertos de manchas como si hubieran sido arrastrados por los caminos al igual que el carruaje, y tras darles una breve orientación acerca de dónde debÃan llevarlo a este último, me sacó del vehÃculo y me llevó a otro que habÃa escogido para el resto del recorrido.
—¡Pero, hija mÃa! —me dijo al hacerlo—. ¡Qué mojada está usted!