Casa desolada

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Yo no tenía conciencia de ello. Pero la nieve derretida había ido entrando en el carruaje y yo me había apeado dos o tres veces cuando se cayó un caballo y había que levantarlo, y la humedad me había empapado el vestido… Le aseguré que no importaba, pero no logré disuadir al postillón, que conocía al señor Bucket, de que fuera corriendo hacia su establo, de donde sacó una brazada de paja seca y limpia. La sacudieron y me la pusieron encima, y la encontré cálida y confortable.

—Ahora, hija mía —dijo el señor Bucket, mirando por la ventana después de abrigarme—, vamos a buscar a esta persona. Quizá nos lleve algún tiempo, pero seguro que a usted no le importa. Ya sabe usted que tengo mis motivos. ¿No?

No pensé en cuáles serían, no pensé en que dentro de muy poco tiempo los comprendería mejor, pero le aseguré que tenía confianza en él.






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