Casa desolada
Casa desolada —Y tiene usted razón, hija mÃa —me respondió—. ¡Le voy a decir una cosa! Si tiene usted la mitad de confianza en mà de la que yo tengo en usted, después de cómo la he ido conociendo, a mà me basta. ¡Dios mÃo!, usted no plantea problemas. Jamás he visto a una joven de cualquier condición social (y he conocido a muchas de muy alto rango) que se conduzca como ha hecho usted desde que la sacaron de la cama. Es usted una joya, eso es —dijo el señor Bucket; muy cálidamente—; es usted una joya. Le dije que celebraba mucho el no haber constituido un obstáculo para él, pues asà era, y que esperaba seguir sin serlo.
—Hija mÃa —replicó—, cuando una señorita es tan amable como dispuesta y tan dispuesta como amable es todo lo que pido y más de lo que puedo esperar. Entonces se convierte en una Reina, y eso es lo que es usted.
Con aquellas palabras de aliento (y de verdad que me alentaron en aquellas circunstancias de soledad y preocupación), se subió al pescante y volvimos a salir. No sabÃa entonces, ni he sabido después, adónde fuimos, pero parecÃamos buscar por las calles más estrechas y peores de Londres. Cada vez que lo veÃa dar instrucciones al postillón yo me preparaba para meternos en más laberintos de calles asÃ, y siempre era eso lo que ocurrÃa.