Casa desolada

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A veces salíamos a una calle más ancha, o llegábamos a un edificio mayor que los habituales y bien iluminado. Entonces nos deteníamos, y yo lo veía consultar con otros hombres. A veces se metía por un arco o daba la vuelta a una esquina y mostraba misteriosamente la luz de su linternilla. Aquello atraía luces parecidas de diversos lugares oscuros, como si fueran insectos, y se celebraba una nueva consulta. Gradualmente parecíamos ir confinando nuestra búsqueda a límites más estrechos y fáciles. Ahora ya había agentes de policía de servicio que podían decir al señor Bucket lo que éste quería saber y señalarle adonde ir. Por fin nos detuvimos para que él celebrase una conversación bastante larga con uno de aquellos hombres, conversación que me pareció satisfactoria por la manera en que él asentía de vez en cuando. Por fin terminó y vino hacia mí, con aire muy serio y atento.

—Ahora, señorita Summerson —me dijo—, estoy seguro de que no va usted a alarmarse pase lo que pase. No necesito hacerle más advertencia que decirle que ya hemos encontrado a esta persona y que quizá me resulte usted útil incluso sin que me dé yo cuenta. No me gusta perdirle esto, hija mía, pero ¿querría usted ir un ratito a pie?

Naturalmente, me bajé de inmediato y le tomé del brazo.


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