Casa desolada
Casa desolada —Hay que andar con cuidado para no caerse —dijo el señor Bucket—, pero tómese usted su tiempo.
Aunque yo iba mirando en mi derredor confusa y apresuradamente, cuando cruzamos la calle pensé que sabÃa dónde estábamos y le pregunté:
—¿Estamos en Holborn?
—Sà —dijo el señor Bucket—. ¿Conoce usted esta esquina?
—Parece Chancery Lane.
—Y asà se llama, hija mÃa —dijo el señor Bucket.
Dimos la vuelta a la esquina y mientras seguÃamos avanzando entre el barro oà que los relojes daban las cinco y media. Seguimos en silencio y a toda la velocidad que podÃamos por un suelo tan resbaladizo, cuando vino alguien hacia nosotros por la estrecha acera, envuelto en una capa, que se detuvo y se hizo a un lado para dejarme pasar. En aquel mismo momento oà una exclamación de sorpresa y mi propio nombre, pronunciado por el señor Woodcourt. ConocÃa muy bien su voz.
Fue algo tan imprevisto y tan…, no sé si calificarlo de agradable o doloroso, el encontrarme con él tras mi viaje errático y febril y en medio de la noche, que no pude con tener las lágrimas. Era como oÃr su voz en un paÃs extranjero.
—¡Mi querida señorita Summerson, usted en la calle a esta hora y con este tiempo!