Casa desolada

Casa desolada

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—No, no, créame; no está enfermo, pero tampoco bien del todo. Estaba deprimido y se sentía débil, ya sabe usted cómo se preocupa y se agita a veces, y, naturalmente, Ada envió a buscarme; y cuando llegué a casa encontré una nota de ella y vine inmediatamente. ¡Bueno! Richard se recuperó mucho al cabo de un rato, y Ada estaba tan contenta y tan convencida de que era gracias a mí, aunque bien sabe Dios que yo tuve poco que ver con ello, que me quedé con él hasta que llevaba varias horas durmiendo. ¡Y espero que también ella esté durmiendo bien!

El tono amistoso y familiar con que hablaba de ellos, el evidente cariño que les tenía, y la agradecida confianza que yo sabía había inspirado él a mi niña y la tranquilidad que yo sabía le inspiraba a ella su presencia, ¿cómo podía separar todo aquello de la promesa que me había hecho él? Qué desagradecida debo de haber sido yo al no recordar las palabras que me había dicho cuando se sintió tan conmovido por el cambio que había sufrido mi aspecto: «¡Lo acepto como un mandato, y como un mandato sagrado!».

Entrábamos en otra callejuela.



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