Casa desolada

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—No se moleste usted en absoluto, señorita, por la falta de hospitalidad de aquí la señora Snagsby, porque está totalmente confundida. Ya lo verá, y antes de lo que resulta agradable a una dama que por lo general forma sus ideas correctamente, porque se lo voy a explicar. —Y después, de pie junto a la chimenea y con el sombrero y los chales húmedos en la mano, todo él calado hasta los huesos, se volvió hacia la señora Snagsby—: Bueno, lo primero que voy a decirle a usted, como mujer casada poseedora de ciertos encantos, si se me permite decirlo («creedme, si todos esos encantos, y todo lo demás», canción que ya conocerá usted, porque sería inútil que me dijera usted que no conoce la buena sociedad), encantos, atractivos, digo, que deberían dar a usted confianza en sí misma, es que ha hecho usted mal.

La señora Snagsby pareció alarmarse un tanto, se aplacó un poco y preguntó titubeante a qué se refería el señor Bucket.

—¿Que a qué se refiere el señor Bucket? —repitió éste, y vi por su gesto que mientras hablaba estaba en todo momento escuchando a ver si se descubría la carta, lo cual me inquietó mucho, pues comprendí lo importante que debía de ser—, le voy a decir a qué se refiere, señora. Vaya a ver lo que hizo Otelo. Ésa es su tragedia.


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