Casa desolada

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—Y el chico duro, al que ustedes llamaban Jo, estaba metido en el mismo asunto, y en ningĂșn otro, y el copista que usted sabe estaba metido en el mismo asunto, y en ningĂșn otro; y su marido, aunque no tenĂ­a mĂĄs idea de ello que su tatarabuelo, se vio metido (por el señor Tulkinghorn, difunto, su mejor cliente) en el mismo asunto y en ningĂșn otro, y todo este montĂłn de gente ha estado metido en el mismo asunto, y en ningĂșn otro. Y, sin embargo, una mujer casada con los atractivos que posee usted cierra los ojos (y bien bonitos que son, por cierto) y va y se da de golpes con su hermosa cabeza contra la pared. ÂĄMe siento avergonzado de usted! (Yo creĂ­a que el señor Woodcourt ya se la hubiera podido sacar).

La señora Snagsby hizo un gesto con la cabeza y se llevó el pañuelo a los ojos.

—¿Eso es todo? —dijo el señor Bucket, excitado—. No. Mire lo que pasa. Otra persona metida en este asunto y en ningĂșn otro, persona en muy mal estado, viene aquĂ­ esta noche y se la ve hablando con su criada, y entre ella y su criada pasa un papel por el que yo darĂ­a inmediatamente cien libras. ÂżQuĂ© hace usted? Se esconde y las mira y se tira usted encima de la criada, sabiendo que le dan ataques, y que le dan por cualquier cosa, de una manera tan sorprendente, y con tal severidad, que le da un ataque que no se le puede pasar, ÂĄcuando puede que de las palabras de esa chica dependa una vida!


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