Casa desolada

Casa desolada

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Decía ahora lo que pensaba con tal sentimiento que involuntariamente apreté las manos y sentí que la habitación se ponía a dar vueltas. Pero se detuvo. Volvió el señor Woodcourt, le puso un papel en la mano y se marchó otra vez.

—Ahora, señora Snagsby, lo único que puede usted hacer para arreglar las cosas —dijo el señor Bucket, con una mirada rápida al papel— es dejarme que hable una palabra a solas con esta señorita. Y si se le ocurre a usted algo que pueda hacer para ayudar al caballero que está en la otra cocina o se le ocurre algo que tenga más probabilidades de hacer que esa chica recupere el sentido, ¡hágalo lo más rápido y lo mejor que pueda! —Ella desapareció en un instante y él cerró la puerta—. Ahora, hija mía, ¿está usted tranquila y segura de sí misma?

—Totalmente —contesté.

—¿De quién es esta letra?

Era la de mi madre y estaba escrita a lápiz, en una hoja de papel arrugada y rota, llena de manchas de humedad. Estaba doblada aproximadamente como una carta y dirigida a mí en casa de mi Tutor.

—Usted conoce la letra —me dijo él—, y si es lo bastante firme como para leerme la carta, ¡hágalo! Pero no se deje usted ni una palabra.

Estaba escrita en diferentes momentos. Leí lo siguiente:


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