Casa desolada

Casa desolada

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Vine a la casa con dos objetos. Primero para ver a mi niña, si podía, una vez más —pero sólo para verla—, no para hablar con ella ni para que se enterase de que estaba cerca. El otro objeto era escapar a la persecución y perderme. Que no se culpe a la madre por lo que ha hecho. La ayuda que me ha prestado la concedió cuando le aseguré que era por el bien de mi niña. Hay que recordar a su hijo muerto. El consentimiento de los hombres fue comprado, pero la ayuda de ella fue gratuita.

—«Vine». Eso es lo que escribió —dijo mi acompañante— cuando estaba descansando allí. Corresponde a lo que yo pensaba. Tenía razón yo.

La parte siguiente estaba escrita en otro momento:

He hecho mucho camino, y durante muchas horas, y sé que pronto voy a morir. ¡Qué calles! No quiero más que morir, pero se me ha permitido no tener que añadir ese pecado al resto de los míos. El frío, la lluvia y el cansancio son causas suficientes para que se me encuentre muerta, pero moriré por otras causas, aunque éstas no son las que me hacen sufrir. Era lógico que todo lo que me había sostenido cediera de golpe y que yo muriese de terror y de mala conciencia.

—Tenga ánimo —dijo el señor Bucket—. Ya sólo quedan unas palabras.

También éstas estaban escritas en otra ocasión. Según parecía, casi en la oscuridad.


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