Casa desolada
Casa desolada —¿Sigue usted empeñado, señor mío —dijo el señor Kenge, acompañándonos por el antedespacho hacia la puerta—, sigue usted empeñado, pese a ser persona ilustrada, en hacerse eco de ese prejuicio del populacho? Somos una comunidad próspera, señor Jarndyce, una comunidad muy próspera. Somos un gran país, señor Jarndyce, un gran país. Éste es un gran sistema, señor Jarndyce, ¿y desearía usted que un gran país tuviera un sistema pequeño? ¡Vamos, vamos, vamos!
Mientras decía aquellas palabras, movía suavemente la mano derecha, como si fuera una espátula de plata con la que repartir el cemento de sus frases sobre la estructura del sistema, a fin de consolidarlo para mil siglos.