Casa desolada

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El soldado da las gracias a su informador y sigue adelante lentamente, pero deja su caballo (y casi le dan ganas de ponerse a cepillarlo) en una taberna en la que están comiendo algunos de los empleados de Rouncewell, según le dice el hostelero. Algunos de los empleados de Rouncewell acaban de salir para la comida y parecen invadir toda la ciudad. Los empleados de Rouncewell son muy musculosos y fuertes, y también están un tanto ennegrecidos.

Llega a una puerta en medio del gran muro, mira y ve una confusión de hierros tirados por el suelo, en todo género de estados y de toda clase de formas: lingotes, cuñas, planchas; tanques, calderas, ejes, ruedas; engranajes, raíles; hierros retorcidos y rotos en formas excéntricas y curiosas, como trozos sueltos de maquinaria, montañas de chatarra y de hierro oxidado; hornos distantes de hierro que vibra y gorgotea en su juventud; hogueras de él que echan chispas por todas partes bajo los golpes del martillo pilón; hierro al rojo, hierro al blanco, hierro negro; un sabor a hierro, un olor a hierro y una Babel de sonidos de hierro.

—¡Esto es como para darle a uno dolor de cabeza! —se dice el soldado, que busca con la mirada una oficina—. ¿Quién viene aquí? Debe de parecerse a mí antes de alistarme. Si el parecido es de familia, debe de ser mi sobrino. A su servicio, señor mío.


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