Casa desolada

Casa desolada

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El señor Guppy no tiene ojos para esos dos magnates.

—Me resulta inexplicable —dice, y sigue contemplando el retrato— lo bien que conozco este cuadro. ¡Que me cuelguen si no creo que he debido de soñar antes con este cuadro, de verdad! —añade el señor Guppy, echando una mirada en su derredor.

Como ninguno de los presentes se interesa en especial por los sueños del señor Guppy, no se sigue hablando de esa posibilidad. Pero él sigue tan absorto con el retrato, que se queda inmóvil ante él hasta que el joven jardinero cierra las contraventanas; cuando sale del aposento en estado de estupefacción, eso mismo es como un sucedáneo extraño de su interés, y sigue recorriendo las salas sucesivas sumido en su estado de asombro, como si en todas partes estuviera buscando otra vez a Lady Dedlock.

No la vuelve a ver. Ve sus aposentos, que son los últimos en enseñarse y muy elegantes, y mira por las ventanas por las que ha mirado ella, no hace mucho tiempo, a ver esa lluvia que la mataba de aburrimiento. Todo tiene su fin, incluso las mansiones que tanto se esfuerza la gente por ver y de las que se cansan antes de que hayan empezado a verlas. Él ha llegado al final de la visita, y la joven belleza rural ha llegado al final de su descripción, que siempre termina así:


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