Casa desolada

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—Cuando perdí a mi primer y querido marido y me casé con el segundo —dijo la señora Badger, que se refería a sus antiguos maridos como si fueran sílabas de una charada— seguí gozando de oportunidades de observar a la juventud. A las clases que daba el Profesor Dingo asistían muchos alumnos, y yo me enorgullecía, como esposa de un eminente hombre de ciencia, de buscar en la ciencia todos los consuelos que ésta puede impartir, y tener la casa siempre abierta para los estudiantes, como una especie de Bolsa Científica. Todos los martes se sacaban limonada y tarta mixta para los que querían venir a compartirlas con nosotros. Y se hablaba de ciencia sin ningún límite.

—Unas asambleas notables, señorita Summerson —dijo el señor Badger en tono reverente—. ¡Debía de ser un intercambio intelectual maravilloso, bajo los auspicios de tan gran hombre!

—Y ahora —continuó diciendo la señora Badger—, ahora que soy la esposa de mi querido tercero, el señor Badger, sigo manteniendo los hábitos de observación que se formaron en vida del Capitán Swosser y se adaptaron a fines nuevos e imprevistos en vida del Profesor Dingo. En consecuencia, no soy una neófita cuando observo al señor Carstone. Y, sin embargo, tengo la firme impresión, amigas mías, de que no ha escogido su profesión de manera reflexiva.


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