Casa desolada

Casa desolada

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El señor George se ríe, y con una mirada al señor Smallweed, y un saludo de despedida a la desdeñosa Judy, sale a zancadas de la salita, con un ruido de sables imaginarios y otros arreos al marcharse.

—¡Maldito sinvergüenza! —dice el venerable anciano, con una mueca horrible hacia la puerta cuando se cierra ésta—. ¡Pero ya caerás en la trampa, ya caerás!

Tras esta amistosa observación, su espíritu se eleva hacia esas regiones encantadas de la reflexión que han abierto a su mente su educación y sus ocupaciones, y una vez más él y la señora Smallweed van pasando sus horas doradas, como dos centinelas no relevados, olvidados como se ha dicho por el Sargento Negro.









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