Casa desolada
Casa desolada Mientras los dos siguen firmes en sus puestos, el señor George avanza por las calles con una especie de contoneo y un gesto grave. Ya son las ocho, y está el día a punto de acabar. Se detiene junto al Puente de Waterloo a leer un cartel de espectáculos; decide ir al Circo de Astley. Una vez en él, se queda encantado con los caballos y los números de los acróbatas; contempla las armas con ojo crítico; desaprueba los combates porque evidencian un mal entrenamiento en materia de esgrima, pero se siente conmovido ante los sentimientos que expresan las escenas teatrales. En la última escena, cuando el Emperador de los Tártaros se sube en un carruaje y se digna dar su bendición a los amantes reunidos, sobre los que se cierne blandiendo una bandera británica, el señor George tiene los párpados húmedos de la emoción.