Casa desolada
Casa desolada —¡Bueno! —dice el señor Bucket pausadamente—, no nos has valido de gran cosa. Pero, en todo caso, ten cinco chelines. Ten cuidado cómo los gastas, y no te metas en lÃos. —Cuenta furtivamente las monedas que tiene en una mano y se las pasa a la otra como si fueran fichas de juego, cosa que es costumbre en él, pues las usa a menudo para hacer pequeños juegos de prestidigitación, y después se las pone al chico en la mano en un montoncito y lo lleva hasta la puerta, dejando al señor Snagsby, muy poco tranquilo en tan misteriosas circunstancias, a solas con la figura velada. Pero cuando el señor Tulkinghorn entra en el despacho, se levanta el velo y aparece una francesa de bastante buen aspecto, aunque con una expresión muy tensa.
—Gracias, Mademoiselle Hortense —dice el señor Tulkinghorn con su habitual ecuanimidad—. No la molestaré más con esta pequeña apuesta.
—¿Tendrá usted la amabilidad de recordar, señor, que actualmente estoy sin empleo? —pregunta mademoiselle.
—¡Desde luego, desde luego!
—¿Y de hacerme el favor de darme su influyente recomendación?
—Evidentemente, Mademoiselle Hortense.
—La palabra del señor Tulkinghorn vale mucho.
—No le faltará a usted, Mademoiselle.